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Un elefante en la recepción

El hotel Duran, frecuentado por Dalí, recuerda las extravagancias del genio ampurdanés. En su mesa siempre tenía que haber un ramo de nardos, que ofrecía a Gala antes de comenzar el ágape. El pintor demostraba gran interés por la gastronomía, aunque acostumbraba a pedir platos sencillos.

Un hombre se manifiesta tal cual es cuando tiene el tenedor en la mano.” Lo escribió Salvador Dalí, el artista que primero quiso ser cocinero y que luego suspiró por parecerse a Napoleón. Al final, ni una cosa ni la otra, pero Dalí, seguramente influenciado por ese deseo infantil, mantuvo siempre una estrecha relación con la gastronomía. “Los órganos más filosóficos del hombre son las mandíbulas”, decía el genio. Y lo plasmaba en sus obras, donde lo comestible se confunde a menudo con lo real. “Según Dalí, casi todas las acciones pueden ser evocadas por una metáfora de devoramiento”, explica la directora del Centre d'Estudis Dalinians y comisaria del año Dalí, Montse Aguer.

El interés del pintor por la cocina –“no puedo imaginarme una sociedad sin gastronomía evolucionada”, dejó escrito– ha animado a un grupo de 31 restauradores de las comarcas de Girona a impulsar, desde el pasado viernes, la campaña Art i Gastronomia, con la elaboración de una serie de menús inspirados, de una forma u otra, en el universo surrealista que construyó el artista ampurdanés. Pero, parafraseando su propia afirmación, ¿cómo era Dalí cuando tenía el tenedor en la mano? “Sus comidas eran un espectáculo”, resume Joaquim Pairó, actual jefe de sala del restaurante del hotel Duran de Figueres, con toda seguridad el establecimiento donde más a menudo comió Dalí. Allí es célebre el reservado del Celler de Ca la Teta, el lugar fijo para los ágapes del artista y que hoy es motivo de peregrinación para todos aquellos que quieren comer en el mismo lugar donde lo hacía el genio del surrealismo.

Pairó recuerda que en la mesa de Dalí siempre debía haber un ramo de nardos, que ofrecía a Gala antes de empezar el ágape. Pese a poder permitirse fantasías gastronómicas, el pintor siempre prefería platos sencillos y caseros. “Sopa de tomillo muy caliente con un huevo, morro y pata de ternera, pies de cerdo, costillas de cordero con patatas fritas, tortilla a la francesa, gambas y cigalas a la plancha, de las que sólo ingería la cola, y fruta y butifarra dulce de postres”, explica Pairó que eran sus preferencias. Y pese a sus clásicos gustos, de vez en cuando no podía evitar una extravagancia, como el día en que se colocó una tortilla a la francesa, doblada, en el bolsillo de la chaqueta, simulando un pañuelo.

Lluís Duran, actual propietario del hotel, aún recuerda el día en que Dalí se presentó con un pequeño elefante que le acababa de regalar la empresa aérea Air Indian. “El animal, que debía de pesar unos 300 kilos, corría por la recepción del hotel y se armó un revuelo considerable porque tenía hambre y tuvimos que ir a buscarle comida con una furgoneta”, explica Duran.

El anecdotario es extenso. En otra ocasión, Dalí entró en el restaurante y encontró allí a un amigo farmacéutico, al que invitó a comer con él. “Verás cómo nos divertiremos”, le dijo. Su amigo renunció a la invitación porque “la verdad es que no quería sentarse con Dalí porque cada vez que comían juntos hacía barbaridades”, afirma Duran.

Dalí tuvo que sentarse solo, pero en cuanto le sirvieron una sopa de pasta cogió el plato y lo echó por los aires, salpicando a muchos clientes y rompiéndolo en mil pedazos. “Los clientes, que llenaban el comedor, se levantaron y empezaron a gritar: ‘¡Es Dalí!, ¡es Dalí!’, y terminó firmando muchos autógrafos”, recuerda el propietario del hotel. “Ya te dije que hoy nos divertiríamos”, comentó orgulloso el artista a su amigo farmacéutico.

Por el Celler de Ca la Teta pasaron muchos de los invitados de Dalí, para quienes reservaba un espectáculo flamenco –“malísimo”, recuerda Joaquim Pairó– que protagonizaban tres gitanos del barrio del Garrigal. En algunas ocasiones, cuando sus invitados estaban demasiado tiempo consultando la carta del restaurante, el artista se levantaba y le decía al maître: “No se hable más, paella para todos”. Dalí acompañaba sus ágapes con un par de copas de vino de Rioja y agua embotellada sin gas.

Y un detalle: cuando pernoctaba en el hotel se hacía preparar unas ciruelas hervidas con azúcar que tomaba antes del desayuno como laxante natural.

CARLES ARBOLÍ
La Vanguardia
Martes, 9 Diciembre 2003



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